jueves, 5 de julio de 2012

El traje de Rua Agusta



Salomão era un hombre de tradiciones, de hábitos fijos.
Todas las mañanas se levantaba a las 7:15 y se aseaba mientras repasaba mentalmente las tareas y obligaciones del día.
Como gerente e imagen pública de una importante empresa textil portuguesa, su deber era presentar un aspecto lo más limpio y aseado posible.
Siempre que iba a la oficina o alguna presentación, vestía de traje, generalmente negro y con una corbata anudada con un nudo americano y de colores claros. Coronaba la elegancia con unos gemelos en las muñecas más viejos que él. Quizás tenían más de cincuenta años.
Su pelo castaño iba milimétricamente peinado hacia la derecha disimulando sus pronunciadas entradas. Después de vestirse, bajaba a desayunar a la Confitería Nacional donde tomaba un café solo con medio sobre de azúcar y una delicia de hojaldre y crema que nunca llegaba a terminar.
Siempre pagaba con la cantidad exacta y rara vez añadía algo de propina, a no ser que fuera atendido por Teresa, una camarera joven por la que sentía cierto cariño. Una vez había pagado, cogía el maletín (siempre con la mano derecha) y salía hacia Rua Agusta, en dirección a Praza de Comercio, donde estaba la sede de su empresa en uno de aquellos modernos bajos.
La calle, que conocía en su totalidad, era de las más turísticas de Lisboa por tres simples razones:
Su situación geográfica que unía el centro de la ciudad con el Tajo.
Era peatonal.
Su gran número e terrazas y tiendas.
Generalmente,  Salomão la recorrería en menos de diez minutos y cruzaría la puerta de su oficina a las 8:05. Pero, aquel día, Salomão no estaba allí a las 8:05. Tampoco a las 8:06. Ni si quiera a las 8:30.
No.
Salomão se había parado en Rua Agusta, aquella calle que creía conocer a la perfección. Estaba detenido en frente de un escaparate. Al otro lado, y perfectamente puesto  sobre un maniquí sin cabeza, descansaba un traje negro.
De tres piezas: chaqueta y pantalón de un corte y una elegancia impecable y una camisa blanca brillante. Anudada donde debería estar el cuello, había una corbata verde lisa perfectamente anudada. Al lado de aquel cuerpo de algodón perfectamente vestido, descansaban un par de zapatos también negros de cordones cortos y finos.
Durante más de  media hora, Salomão se quedó allí, congelado, sin apartar la vista de aquel prodigio de la confección. Salomão supo cuando lo vio que si Dios tuviera traje, sería uno idéntico a ese.  Casi sin pestañear, el empresario intentó memorizar cada uno de los detalles de aquel traje y, cuando terminaba, volvía a empezar buscando algún error o imperfección que nunca encontraba.
Salomão llegó más de una hora tarde a su puesto de trabajo, pero nadie reparó en él.
También llego tarde a casa ya que, al volver, se detuvo una vez más a contemplar su nuevo amor.
Durante los días siguientes, Salomão vivía  solo para esa vidriera: se detenía, la miraba con detenimiento,…
Se soñaba envuelto en aquellas telas suaves y pasaba las horas dibujándolo. Hasta olvidaba dejarle propina a Teresa.
Ese tenía que ser su traje.
Así que, una mañana, y como empezaba siendo habitual en su nueva rutina, se detuvo frente al cristal.
No llevaba allí ni diez segundos cuando una voz rota y áspera le sacó de sus trajeados pensamientos:
- Luce bien, ¿verdad?
Salomão se giró y se encontró cara a cara con un vagabundo un poco más mayor que él, barbudo y vestido con girones de ropa. Empujaba un carro de la compra lleno delo que parecían ser bolsas de basura.
- Luce perfecto – dijo Salomão.
- Si – el hombre se separó del carrito y se detuvo junto a Salomão sin dejar de mirar el traje-. Fíjate en el corte, en la línea que baja por el pantalón… ni un ingeniero podría haberlo hecho mejor. Es pura matemática. Y el color… creo que no había visto un negro como este en toda mi vida. He visto manchas de aceite de coches más blancas que esto.
Salomão apenas cambió. Siguió en silencio mirando su promesa.
- Fíjese bien – continuó el recién llegado levantando el brazo derecho y recorriendo una línea invisible que solo él parecía ver-, la chaqueta no desentona, sino que está todo encajado como una única piza. Es un jodido puzle de algodón.
- Sabe mucho de trajes.
El hombre río con una sonora carcajada.
- Amigo, la gente sabe sobre lo que quiere saber. En mi caso, solo le digo lo que tenemos delante tal y como lo veo.
- ¿Ha trabajado en el mundo de la moda?
- Dios me libre. Mi tío era un sastre en mi ciudad, ¿sabe que soy de España?
- No,… No lo parece.
- Han sido muchos años aquí. Pues yo ayudé a mi tío durante años antes de venir aquí con la idea de cambiar el mundo… y ya ve usted: al final es el jodido mundo el que cambia a uno… pero mire el acabado, en los complementos como la corbata y los zapatos. Han sabido acompañar bien esta maravilla, ¿eh?
- Si…
El vagabundo se giró hacia su carrito con intención de irse.
- ¡Debería comprárselo, señor! Esto es una tienda, eso es un escaparate y solo es cuestión de tiempo que alguien más vea en él lo mismo que usted ha visto.
- ¿Alguien como usted?
Una vez más, el hombre río.
- No, señor. Yo solo sé de trajes… ¿Ha oído hablar de Antonio Stradivari?
- ¿El de los violines?
- El de los violines, las violas, las arpas… Si, ese mismo. Dicen que el maestro Stradivarius hizo los mejores y más especiales violines del mundo. Yo no lo sé, no soy músico… Pero, ¿sabe dónde reside el auténtico portento, la auténtica magia? En que Stradivari sabía de violines, pero nunca supo tocarlos. Ni un acorde, ni una nota… Buenas tardes, señor.
Y con aquella reflexión, el vagabundo se fue calle arriba.

Aquella noche, Salomão decidió comprar el traje nada más levantarse.

Al día siguiente, Salomão no entró  al trabajo a las 8:05; ni a las 8:07. Ni si quiera a las 8:42.
Estaba parado en Rua Agusta frente a un escaparate.
Vacío.
Después de una hora de interminable silencio y dolor, decidió encaminarse a la oficina. Cuando se disponía a retomar el paso, tropezó con un saco de basura. Molesto, le propinó una patada y se sorprendió al notar su interior suave.
De un impulso, se agachó y abrió aquel paquete sintiendo que algo estallaba en su pecho. Y allí, descubrió un traje perfectamente doblado de tres piezas: camisa, chaqueta y pantalón. En la misma bolsa, una corbata y el par de zapatos oscuros y, en el interior del zapato derecho, una simple nota:
“ La gente sabe lo que quiere saber.

Stradivarius fue un perfecto violinista.” 

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